Filosofía y Bioética - Pasión por la vida
jueves, 27 de octubre de 2011
El valor de la Vida Humana y la Cultura de la Muerte
LOS
LOBOS
Un viejo hablando con su nieto,
le decía: "Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno
de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor
y compasión".
El nieto preguntó:
"Abuelo, dime: ¿Cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu
corazón?"
El abuelo contestó:
"Aquel que yo alimente" . . .
“Amas a todos los seres que
existen y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no
la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido?
¿Cómo conservarían su existencia si tú no las hubieses llamado? Pero a todos
perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. En todas las cosas está tu
soplo incorruptible. Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que
pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti, Señor”
(Sap 11,24-12,2).
El Evangelio de la
Vida nos hace recordar que Dios es vida en sí mismo, Él es la
vida y quiere compartir con nosotros su misma vida, y por eso nos ha mandado a
su Hijo, para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia. Si la vida humana
brota del Espíritu mismo de Dios, si es soplo divino, si hemos sido creados a
su imagen y semejanza, necesariamente en nuestra existencia aletea el amor
divino. Dios ama todos los seres. No puede odiar nada de cuanto ha creado
amorosamente.
Desde las primeras páginas del Génesis hasta la última
página del libro del Apocalipsis, la Sagrada Escritura
manifiesta la fe y la convicción profunda del Pueblo de Dios de que la vida
proviene de Dios y es preciso vivirla delante de Él, que la tutela y la
protege. Es una bendición de Dios que hace brillar en este don su amor y su
generosidad. Es el mayor de los bienes que Dios puede conceder.
Por eso, lo primero que hay que hacer es gozar del mismo hecho de
vivir. El primer mandamiento que recibimos de Dios es el de vivir: un
mandamiento que no está escrito en tablas de piedra, sino esculpido en lo más
profundo de nuestro ser. Nuestro primer gesto de obediencia a Dios es el de
amar la vida, acogerla con corazón agradecido, cuidarla con solicitud,
desarrollar todas las posibilidades que se encuentran contenidas en ella.
La Biblia pone continuamente de relieve la relación directa de la vida con
Dios. La vida del hombre viene de Dios; es, como hacía ver Juan Pablo II, “un don con el que Dios comparte algo de sí
mismo con la criatura”. Dios es el único Señor de la vida; el hombre no
puede disponer de ella. Vida y muerte están en las manos de Dios: “Él tiene en su poder el hálito de todo
viviente y el espíritu de todo ser humano” (Jb 12,10). Toda vida
viene de Dios y Dios la protege. No crea al hombre para dejarlo morir, sino
para que viva (cfr. Sab 2,23).
Precisamente por esto, el Dios de la vida es el “Dios de los
pobres”, que apenas logran sobrevivir; es el “Dios de la justicia”, que
defiende a los que están amenazados por los abusos y por las injusticias de los
fuertes y de los poderosos (cfr. Código de la Alianza, en Ex 21,1
– 23,9). Sólo el Dios fiel a la vida puede revelarse a lo largo de la historia
como defensor de la vida del pobre, del débil, de la viuda, del extranjero, del
indefenso. Conocer a este Dios significa practicar la justicia que produce vida
y luchar contra la injusticia que mata. Creer en Él quiere decir promover la
solidaridad con quien sufre y muere abandonado. Escuchar su voz es abrir el
oído y el corazón a su constante llamada: “¿Qué has hecho de tu hermano?” (cfr.
Gn 4,9-10).
El Dios, que ya en el Antiguo Testamento se revelaba como “amigo
de la vida”, se encarnó en Jesucristo. En Él los discípulos han podido ver con
sus ojos y tocar con sus manos al que es “Palabra de vida” (cfr. 1 Jn
1,1). Sus palabras y sus gestos están orientados a promover, desde entonces,
vida y salud en el ser humano. En efecto, éste fue el recuerdo que quedó de
Jesús en la primera comunidad: “Dios ha
ungido con la fuerza del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, que pasó haciendo
el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”
(Hch 10,38).
Para Jesús la vida es un don precioso, “más que el alimento” (Mt
6,25). Salvar una vida prevalece sobre el sábado (cfr. Mc 3.4), porque
“Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27). La defensa de
la vida humana es una idea central en el programa del Reino. Los dos aspectos –
la proclamación del Reino y el cuidado por la vida del hombre – integran el
contenido de su actividad mesiánica, como aparece siempre en los relatos
evangélicos: “Jesús recorría toda
Galilea... proclamando el evangelio del Reino, curando todas las enfermedades y
todas las dolencias del pueblo” (Mt 4,23; 9,35; Lc 6,18). Es
más, la actividad curativa es la que mejor caracteriza al Mesías. Es ahí donde
más inmediatamente se manifiestan las obras del enviado de Dios: “Los ciegos recobran la vista y los cojos
caminan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y
el evangelio es anunciado a los pobres” (Mt 11,5).
También en el evangelio de Juan la vida es el valor central. Jesús
es portador y garante de una vida “eterna” y definitiva, es decir, una vida que
Dios comunica a sus hijos y que tendrá su consumación última más allá de este
mundo. Por esto el evangelista nos presenta a Cristo como “el pan de la vida” (Jn
6,35.48), “la luz de la vida” (Jn 8,12); “el camino, la verdad y la
vida” (Jn 14,6); “la resurrección y la vida” (11,25), hasta tal punto
que todo hombre o mujer “que cree en él, aunque muera, vivirá” (Jn
11,25).
Esta vida eterna puede ser experimentada ya desde ahora por el
creyente: “quien cree tiene la vida eterna” (Jn 6,47); quien escucha su
palabra “tiene la vida eterna... y ha pasado de la muerte a la vida” (Jn
5,24); “quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna y él lo resucitará
en el último día” (Jn 6,54). Pero la experiencia fundamental que
garantiza la apertura y la orientación de nuestra vida actual hacia esta
salvación eterna es siempre el amor: “Nosotros
sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.
El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).
Jesús no sólo aprecia la vida y la defiende, sino también da su
misma vida como servicio supremo de amor, a fin de que la humanidad no
termine en la muerte y en la destrucción definitiva. “Yo doy mi vida... Nadie me la quita. Yo la doy voluntariamente. Tengo
el poder de darla y el poder de volverla a tomar” (Jn 10,17-18). Si
Jesús se da a sí mismo hasta la muerte no es ciertamente porque desprecie la
vida, sino porque ama mucho la vida y la quiere para todos, también para los
más infelices y desgraciados, y la quiere definitiva, plena y eterna.
Esta “vida crucificada” por amor es “escándalo y necedad” según
los modelos de vida hoy vigentes en la sociedad. Pero, desde el punto de vista
de la fe cristiana, constituye el criterio último de toda vida que quiera ser
plenamente humana y no desfigurada o alterada por el egoísmo, por la falta de
solidaridad, por la injusticia. Es más, esta “vida crucificada” es para los
creyentes la revelación suprema del amor de Dios para con el hombre y de su
estima y defensa de la vida humana: es el “Evangelio de la vida”.
Este evangelio culmina en la resurrección. El Dios que
resucita a Jesús es un Dios que pone vida donde los hombres ponen muerte. Así
lo predican los apóstoles: “Vosotros lo
matasteis... pero Dios lo resucitó” (Hch 2,23-24). El que cree
en este Dios resucitador, “Dios de los vivos”, comienza a amar la vida de modo
radicalmente nuevo y con un amor total. La fe pascual impulsa al creyente a
ponerse de parte de la vida donde ésta se encuentre agraviada, ultrajada o
destruida. Su lucha contra la muerte no nace sólo de algún imperativo ético,
sino de la fe en este Dios resucitador, que quiere que el hombre participe por
siempre de su misma vida divina. “Así
alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está
ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su
destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad
San Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: ‘el hombre que vive’ es
‘gloria de Dios’, pero ‘la vida del hombre consiste en la visión de Dios’”.
Cristo es la
Palabra del Padre, y es Palabra de Vida, porque la vida
siempre es un bien en sí mismo; a pesar de la precariedad de la existencia
humana, Jesús le da sentido a toda vida, y así, como dijimos más arriba, la
gloria de Dios resplandece sobre el rostro del hombre, de todo hombre, y el
cúlmen será la vida eterna que hemos de heredar. Esto nos exige veneración y
amor por la vida de todos; además se trata de una responsabilidad que tenemos
frente a la vida, y a la vida más indefensa: del niño pequeño o por nacer, del
anciano acabado y muy enfermo, del hombre que aparentemente vive sin
"calidad" de vida. Cristo en la cruz es el signo más grande del valor
de la vida y de la vida que es capaz de ofrecerse por amor.
"Si quieres entrar en
la vida, guarda los mandamientos", nos dice Jesús, y precisamente uno
de los mandamientos es "no matarás",
es decir, Dios va a pedir cuentas de la vida del hombre al hombre. En ese
sentido, el mandamiento "no matarás" tiene valor absoluto cuando se
refiere a la persona inocente, por eso la eliminación directa y voluntaria de
un ser humano inocente es gravemente inmoral".
Y en cambio, Dios nos dice: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", es decir,
"promueve" la vida. Es así que el "no" de los preceptos
morales negativos indica el límite absoluto más allá del cual no podemos ir,
pero abre también al "sí" del amor y promoción de la libertad. Es un
"no" al servicio de muchos "sí" de amor, donación y
servicio según el ejemplo de Cristo. Por eso debemos dedicar toda nuestra
creatividad y esfuerzo por amar la vida, servir la vida, defender la vida,
especialmente la más pobre e indefensa.
Se trata de apostar por una nueva cultura de la vida humana,
porque, como pueblo de Dios, somos el pueblo de la vida y para la vida y
debemos anunciar el Evangelio de la vida, celebrarlo en la liturgia y en la
vida diaria, servirlo y promoverlo con la propia vida. Debemos proclamar que
Dios es un ser vivo y nos llama a la comunión con Él, que la vida humana es don
y signo del amor de Dios, que en cada hombre está el rostro de Cristo, que
existe un vínculo indivisible entre la persona, su vida y su corporeidad y que
el don de uno mismo es la realización plena de la libertad. En ese sentido, las
consecuencias de este mismo Evangelio de la vida son: la vida humana es sagrada
e inviolable, y por eso son inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; el
amor da sentido a la vida, esclarece la verdad de la sexualidad y de la
procreación humana, e ilumina el misterio del sufrimiento y la muerte; la
ciencia y la técnica están ordenadas al hombre y a su desarrollo integral; la
sociedad debe respetar, defender y promover la vida de cada persona, en todo
momento y condición.
Queremos vivir como "hijos de la luz" para poder
realizar un cambio cultural, y para esto queremos redescubrir el lazo
inseparable ente vida y libertad y redescubrir el vínculo constitutivo entre la
libertad y la verdad: no hay libertad sin vida, y no hay libertad sin verdad.
Nuestra apuesta será por la familia como santuario de la vida; en ella y a
partir de ella queremos comenzar una la labor educativa sobre el valor de la
vida, comenzando por sus raíces: se trata de una educación de la sexualidad y
del amor, de una formación de los esposos en la procreación responsable y en el
recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad, y una
orientación sobre el sentido del sufrimiento y de la muerte. Y esta es una
tarea no exclusiva de los creyentes: es para todos.
A María, unida profundamente al "Evangelio de la vida" y
modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida, signo grandioso de vida,
pero también indicación de que la vida está siempre en el centro de una gran
lucha entre el bien y el mal, ofrecemos todos nuestros esfuerzos por hacer de
nuestra vida un signo del amor de Dios para
la vida de tantos hermanos nuestros.
Historia motivadora: Descubre tu tesoro
Ali Hafed, un hombre riquísimo de la Persia antigua, recibió a
un anciano, quien le contó que los diamantes eran las joyas más extraordinarias
y valiosas que existían. Alí vendió todas sus pertenencias, entre ellas su
hacienda para ir a buscar las joyas. Perdió su fortuna y quedó en la miseria.
Finalmente se suicidó en las costas de Barcelona.
Cuenta esta historia que quien compró la finca a Alí
Hafed encontró de manera muy superficial mientras sus camellos bebían agua en
las fuentes de esa hacienda: diamantes. Este incidente fue el descubrimiento de
la mina de diamantes más esplendorosa de la humanidad, La Golconda.
A veces nos dejamos deslumbrar por las joyas que están
fuera de nuestro entorno, sin darnos cuenta que los diamantes están más cerca
de lo que imaginamos.
Cuántas veces ponemos nuestra mirada en el jardín del
vecino y no en el nuestro.
Cuántas veces anhelamos el talento de los otros, sin
mirar el que tenemos en nuestras manos.
Valora lo que
tienes, descubre tu tesoro, míralo con detenimiento. No lo pases por alto. No
lo subestimes. Por el contrario: Explota tu mina.
La vida de la persona humana tiene un valor incomparable, pero a
pesar de eso, y de que muchas personas, organizaciones y naciones enteras
proclaman el valor absoluto de la persona, surgen muchas amenazas contra la
vida humana. Se trata de amenazas sutiles bajo el pretexto del desarrollo
tecnológico, la planificación familiar o la mejora de la calidad de vida de las
personas.
Desde el principio de la historia el hombre se ha levantado contra
su hermano y lo ha aniquilado; el relato de Caín y Abel es paradigmático al
representar la herida que llevamos dentro desde el pecado original, y la
posibilidad de negar la vida al otro, como expresión de la ruptura interior que
pesa en nuestro corazón. Se trata de una pérdida del sentido de la vida, fruto
de una equivocada idea de libertad, es más, de una perversa idea de libertad
que no se frena ni siquiera frente a la vida del otro, y por eso tampoco frente
a la propia vida. Juan Pablo II nos dice que vivimos como en un eclipse del
sentido de Dios y del sentido del hombre: entonces, si Dios no existe, ¿quién
nos impide cualquier cosa? Y sin embargo, hay signos fuertes de esperanza en
este mundo, porque hay manifestaciones de compromiso a favor de la vida, y
sobre todo de la vida humana, basta fijarnos en el voluntariado que tantos
jóvenes realizan ayudando a otras personas.
El hombre moderno ha adquirido, indudablemente, una conciencia
mucho más viva de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inviolables.
Hoy, se reacciona vigorosamente contra la pena de muerte, la tortura, los malos
tratos o cualquier ofensa que degrade a la persona. Las legislaciones modernas
y las disposiciones sociales recogen, de muchos modos, esta exigencia de
respeto a la persona y de defensa de la vida humana.
Pero sería un error ignorar los atropellos que se siguen
cometiendo contra lo que se proclama socialmente y lo que se codifica en las
leyes... La vida humana es eliminada antes del parto mediante acciones
abortivas; y lo mismo sucede en situaciones más o menos terminales, en virtud
de una mal entendida “compasión” hacia el enfermo, o de una proclamada “muerte
digna” o eutanasia.
Es un escándalo que clama al cielo la existencia de numerosos
niños y niñas maltratados o de los que se abusa sexualmente, de mujeres
obligadas a prostituirse, explotadas y esclavizadas por grupos organizados al
servicio del mercado del sexo.
Particularmente desolador es el espectáculo de tantas personas,
especialmente jóvenes, metidos en el vértigo de la droga, del consumo del
alcohol, o que se entregan a un estilo de vida frustrado, desordenado e
irresponsable.
En una sociedad y en un mundo cada vez más desarrollados, en los
que las posibilidades de una vida digna son cada vez más abundantes, crece, a
pesar de todo ello, el número de personas excluidas, obligadas a vivir al
límite de la subsistencia, naciones y enteros continentes explotados y
olvidados, como si se tratara de seres de segunda categoría.
Al lado de tantos datos que demuestran cómo está creciendo la
estima por la vida humana, la consideración por cada viviente y el respeto al
ambiente natural, por desgracia aumentan también las manifestaciones de
violencia cada vez más grave y destructiva. Pensemos en las guerras y en el
comercio de armas que las sostiene, que siguen acumulando millares de víctimas
inocentes; como también en los crueles combates entre pueblos y etnias,
que obligan a enteras poblaciones a abandonar los propios hogares y a buscar
refugio fuera de la propia patria; como también la creciente violencia racista
contra los inmigrantes, que son considerados como un peligro y una amenaza, a
los que se explota y a quienes se niega los derechos más fundamentales.
Existen también otras formas de violencia que provienen de una
actitud anti-vida, producto de experiencias de frustración de las aspiraciones
más profundas de la persona; crece entonces en ella la hostilidad, el rechazo y
el odio a la vida de los demás; se destruyen las cosas, se maltratan las
personas, se hace daño gratuitamente... Este tipo de violencia es la que domina
muchas veces en las bandas juveniles o en grupos que promueven acciones
violentas en las calles, etc.
El aspecto que causa mayor preocupación es la difusión de una
forma de pensar, de valorar y de comportarse que aparece como normal,
presentada a veces incluso bajo especie de defensa de la libertad, y que, sin
embargo, más que defender y promover la vida, la está conduciendo hacia el
deterioro, al vacío y, en último término, hacia su misma eliminación. Es lo que
el Papa Juan Pablo II llamaba una “cultura de muerte”: “Estamos –
escribía - frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como
una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la
difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se
configura como verdadera ‘cultura de muerte’... Se desencadena así una especie
de ‘conjura contra la vida’, que afecta no sólo a las personas concretas
en sus relaciones individuales, familiares o de grupos, sino que va más allá
llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los
pueblos y los Estados”.
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